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    A finales de siglo XIX la fotografía “oficial” evolucionaba hacia una mayor versatilidad, definición y rapidez del material sensible. Los técnicos buscaban la manera de aproximarse a la realidad tal como la percibe el ojo humano.

 

    Mientras tanto germinaba otra rama fotográfica con un ideal no menos noble, ¡la supervivencia!. En lengua hispana “la fotografía minutera”, también en Sudamérica “foto agüita” y “chasirettes”.

 

    No  se sabe quien la puso en práctica primero, ni exáctamente donde ni cuando. En aquella época no era relevante para los eruditos de la fotografía prestar atención a esa rama, que salvo la instantaneidad ofrecía una peor calidad, menor transmisión de grises, menor definición, e imposibilidad de captar la realidad en movimiento. Y por ser una modalidad bastante autosuficiente, que casi no dependía de la industria y del mercado, no era merecedora de tener en cuenta, porque podría ser un obstáculo para la nueva industria que crecía y se expandía.

 

    En una economía deprimida, en un medio rural agrícola o ganadero, la fotografía minutera fue para algunos el modo de escapar de la dureza del campo, de la falta de trabajo en la ciudad. Fue también la manera de confeccionarse un “personajillo” que obtiene un poco de reconocimiento social y consigue un salvoconducto para poder moverse y viajar, a veces en burro, por los lugares más recónditos de la geografía. Puesto que:  la cámara es cámara, la cámara es ampliadora, la cámara es laboratorio, y no necesita electricidad, solo agua. El papel fotográfico es de fácil adquisición, y los productos químicos que   compra a granel los pesa y prepara.

    Algunos con la experiencia y el oficio eran capaces de hacer las formulas a “ojo”.